Alex Kapranos, de Franz Ferdinand: de lo que ama de tocar en la Argentina a los cambios de la banda
Antes de su séptima visita a la Argentina, el líder de Franz Ferdinand se prepara para debutar en la grilla de un festival nacional, nada menos que el Cosquín Rock. En una charla con LA NACION, ...
Antes de su séptima visita a la Argentina, el líder de Franz Ferdinand se prepara para debutar en la grilla de un festival nacional, nada menos que el Cosquín Rock. En una charla con LA NACION, describe todo lo que le gusta de venir acá, la importancia de la gastronomía en su vida y la energía que tiene la nueva formación de la banda.
Hay bandas extranjeras que tienen una especial conexión con la Argentina, no solo porque el público les responde con una pasión que no encuentran en otro lado, sino porque también se han comprometido a venir en cada una de sus giras por Sudamérica. Desde 2006, cuando salió su segundo álbum, You Could Have It So Much Better, Franz Ferdinand ha venido al país a presentar cada nuevo álbum. En 2024 adelantó las canciones de The Human Fear en Obras y ahora vuelven a presentarlo oficialmente el 12 de febrero en el Complejo C Art Media y el 14 en el Cosquín Rock.
“No puedo esperar a estar allá, amo al público. Estoy seguro de que todas las bandas dicen esto sobre la Argentina porque es famosa por la energía, la emoción y la pasión real por el rock, pero realmente me conecto con los argentinos. Los hemos visitado varias veces y nunca me han defraudado, siempre han sido todo lo que espero”. El que habla es Alex Kapranos, líder del grupo, que atiende a LA NACION desde su casa en París. Pide disculpas por retrasarse unos minutos. La razón es que es la hora de la siesta de su pequeño hijo, fruto de su relación con la cantante pop francesa Clara Luciani.
“Argentina es un país culturalmente rico. No se siente como en ningún otro lugar de Latinoamérica ni del mundo. Es completamente única. Tiene su propia mezcla particular y es muy cosmopolita también. Cada vez que voy siento que hay mucha vida, mucha actividad intelectual y un gran entusiasmo. Es increíble”, afirma el músico escocés, que quiere saber cómo es la provincia de Córdoba, ya que del país solo conoce Buenos Aires y Mar del Plata, donde en 2011 se presentó como DJ. Para esta primera visita en las sierras, al menos tiene una ventaja: ya probó el fernet con Coca. Por eso su interés se va a centrar en escuchar cuarteto, género que no conocía, pero que, como fanático de los ritmos latinos —en Obras, Franz Ferdinand tocó un fragmento de “La danza de Los Mirlos” —, seguramente disfrutará. “Espero poder ir a comprar discos. Es algo que me gusta hacer cuando estoy de gira, así que tal vez pueda encontrar algunos tesoros locales”.
El Cosquín Rock no es solo el debut de Franz Ferdinand en territorio cordobés, sino también su primera vez en la grilla de un festival argentino. Las seis veces que vinieron lo hicieron solos, salvo en 2006, que también oficiaron de teloneros de U2. ¿Se podrá esperar un show diferente en este contexto? “Un concierto en un festival es ligeramente distinto a un show propio”, explica Kapranos. “Cuando tocamos solos, usualmente me gusta meter un par de canciones que son tal vez un poco más oscuras para que los fans más acérrimos las disfruten, pero probablemente no haría eso en un festival. También la forma de tocar cambia apenas un poco. Es como la diferencia entre manejar una moto y un camión. Estás haciendo el mismo trabajo, vas de un lugar a otro, pero tus sentidos funcionan sutilmente diferente debido a las dimensiones. Mis instintos me dicen que el público en Córdoba será bueno. Pero el truco es nunca dar nada por sentado. Nunca hay que asumir que el público va a estar allí y completamente de tu lado. Por eso hay que darlo todo. Es como encender un fuego: tenés que poner cierta cantidad de energía para que salten las chispas”.
View this post on Instagram La comida, otra pasiónAdemás de la música, a Kapranos le apasiona la comida. En 2005, mientras estaba de gira con Franz Ferdinand, tuvo una columna culinaria en el diario The Guardian donde describía los exóticos platos que probaba en cada lugar. Esos textos fueron recopilados en el libro Sound Bites: Eating on Tour with Franz Ferdinand, donde relató la experiencia de comer criadillas, que son los testículos del toro, que, afirmó, no volvería a repetir. “Fue en uno de los mercados techados del Centro, pero no puedo recordar en qué restaurante fue. En realidad, cuando pienso en comidas argentinas, se me viene a la cabeza el increíble asado, pero cuando estaba escribiendo el libro buscaba peculiaridades que solo encontraría en un lugar particular. Cualquiera puede ir a un McDonald’s o un Burger King en cada ciudad del mundo, pero para las columnas trataba de encontrar platos que solo iba a ver allí en donde estaba”.
Para Alex, la comida es como la música: un elemento cotidiano donde refugiarse, tan fuerte como la imaginación. “Ambas están en nuestras vidas todos los días. Mi música siempre fue una constante y yo buscaba otro elemento que también lo fuera en este mundo de cambio permanente”.
CambiosSi de cambios se trata, Franz Ferdinand tuvo que atravesar en la última década la partida de dos de sus fundadores, el guitarrista Nick McCarthy y el baterista Paul Thomson. En su lugar entraron Dino Bardot, el tecladista Julian Corrie y, recientemente, Audrey Tait. The Human Fear es el primer álbum grabado con esta nueva formación. “Soy muy afortunado de haber tocado con todos los músicos que han pasado por Franz Ferdinand. Todos tienen personalidades increíbles y aportan cosas diferentes. Audrey tiene una energía impresionante. Nunca conocí a una baterista como ella. Dino, por su parte, es un viejo amigo que viene de la misma escena que nosotros. Solía vivir a medio kilómetro de mi casa en el mismo suburbio de Glasgow. Julian también salió de ese mismo lugar y, al igual que el bajista Bob Hardy, se mudó a la ciudad por la música. Cuando encontrás a las personas adecuadas, llegás a un punto mágico que no podés alcanzar con cualquiera. Todo en el escenario se vuelve telepático, no necesitás comunicarte ni pensar en los demás. Solo sentís y sabés que ellos van a estar ahí: la energía simplemente se une. Es algo absolutamente mágico. La banda tiene esa conexión ahora mismo y eso hace que cada concierto sea una alegría total”.
Que los nuevos miembros de Franz Ferdinand vengan de la misma escena de Glasgow donde Kapranos y Hardy formaron el grupo no es casual, sino que fue una decisión deliberada para no perder su esencia. La ciudad más grande de Escocia ha engendrado bandas únicas en los 80 que sentaron las bases del indie pop de los 90 gracias a una fusión muy particular de rock alternativo con melodías accesibles y chiclosas que han influido hasta en Kurt Cobain. ¿Qué hace a ese lugar tan especial? “Hay muchas teorías diferentes al respecto”, explica Alex. Hay factores sociales de fondo, como la historia antropológica de Glasgow. Es una ciudad industrial o postindustrial que tiene cuatro universidades y una escuela de arte, por lo que se generó una mezcla de clase trabajadora con una presencia intelectual muy grande. Ese cruce tiene impacto en cualquier entorno creativo porque produce muchas ideas y libertad para expresarlas. Es una de las ciudades más pobladas del Reino Unido, pero está muy lejos de Londres, y también posee una personalidad muy diferente a la de Edimburgo, por lo que también tiene cierta actitud contestaria, como si le dijera ‘andá a cagar’ a la capital del país”.
Algo que unió a toda esta escena fue que muchas bandas fueron independientes o formaron parte de sellos pequeños, como lo fue Postcard Records, y luego dieron el salto hacia discográficas multinacionales que les brindaron proyección mundial. “Ver lo que lograron por su cuenta y a su manera bandas como Orange Juice, The Pastels, Teenage Fanclub o Primal Scream me sirvió de ejemplo. Lo que todas las bandas de Glasgow tienen en común es la idiosincrasia. Ninguna suena igual a la otra. Mogwai no suena para nada como Belle and Sebastian, que a su vez no se parecen en nada a Orange Juice o a The Jesus and Mary Chain. Todas tienen un sonido muy diferente, pero lo que comparten es que son increíblemente independientes y que además se regocijan en su propia singularidad”.
Franz Ferdinand continuó la misma tradición y cultivó un sonido propio que hizo de la fusión del rock y la música bailable su marca registrada. En el libro Meet Me in the Bathroom de Lizzy Goodman, Alex Kapranos desliza que la razón de ser del grupo fue el aburrimiento que le producía que la música en vivo de ese momento consistiera en ver a “un tipo que movía un mouse”. Casi treinta años después, sigue sosteniendo lo mismo, pero sabe que el rock, tocado sin sentimiento, puede generar la misma sensación. “Cuando formé la banda, estaba de moda un género llamado Clicks and Cuts y había mucha gente parada sobre el escenario con una laptop, sin fuego ni pasión. No es que no podés generar eso con la música electrónica. Se puede, pero esa emoción viene usualmente de interpretar la música en vivo. Pienso en los conciertos de The Prodigy: Liam Howlett es un músico brillante, pero era Keith Flint quien le daba pasión a sus composiciones. Lo que me gusta de la música es la humanidad, el alma, el espíritu. Y no digo que porque tengas una guitarra automáticamente tengas eso, porque todos hemos visto grupos de rock aburridos. Así que no es que rechazo la música electrónica, pero creo que una persona con un gorro de lana y una laptop probablemente no va a ser el tipo de recital que voy a disfrutar”.
Cualquiera que haya visto al grupo en vivo sabe que sus shows son incendiarios y que es imposible quedarse quieto. Cuando a principios de los 2000 el rock de guitarras volvió a ser relevante —para Kapranos hablar de “revival” es erróneo porque eso sugiere que el rock estaba muerto y, según él, no lo estaba—, Franz Ferdinand se abrió paso junto a otros artistas que también enarbolaban la bandera de la música dance, como The Rapture, LCD Soundsystem y The Music. De pronto, quedó claro que ambos mundos podían unirse y convivir con la misma intensidad.
“Hubo un cambio en la percepción de la crítica debido al éxito de ciertas bandas como The White Stripes, Interpol, The Strokes y The Hives. Creo que hoy está pasando lo mismo. En los últimos años hubo una moda entre los críticos de decir que cualquiera que tocara música en vivo en formato de banda ya no era emocionante. Pero hoy está cambiando de nuevo porque hay una nueva generación, particularmente la generación post-covid, que realmente está disfrutando del entusiasmo y la vibración que podés obtener de un grupo sobre el escenario: no hay nada que se le compare”.