Alcohol, masajes, dinero y desnudos: los chicos que denunciaron a Porcel cuentan cómo eran los abusos
“¿Hacemos hoy el Yubi Dubi?”La pregunta hacía referencia a una de las pegadizas canciones de Phineas and Ferb, un dibujo animado infantil, y ponía en alerta a los integrantes del grup...
“¿Hacemos hoy el Yubi Dubi?”
La pregunta hacía referencia a una de las pegadizas canciones de Phineas and Ferb, un dibujo animado infantil, y ponía en alerta a los integrantes del grupo de WhatsApp Agentes P, otra referencia al clásico de Disney. Era la señal que activaba la juntada de fin de semana del grupo, integrado por alrededor de seis compañeros que rondaban los 13 años, alumnos del Palermo Chico, un colegio de familias de clase media acomodada.
Hasta ahí, nada diferente a la práctica habitual de otros adolescentes. El problema es que el grupo incluía un integrante extra: Marcelo Porcel, padre de uno de los chicos, quien entonces tenía 47 años y era el único adulto en ese espacio de adolescentes varones. El infiltrado está procesado, acusado de haber abusado sexualmente y corrompido al menos a diez menores. Dos de ellos integraban el grupo Agentes P. Según los testimonios y la denuncia en la Justicia, el empresario utilizó el mismo método en otros grupos de amigos de sus cuatro hijos varones.
Cinco de los chicos del Palermo Chico que denunciaron a Porcel, acompañados por sus madres, se reunieron con LA NACION para contar su calvario. A pedido suyo, accedimos a mantener las identidades a resguardo y usar nombres ficticios.
Durante un encuentro de más de tres horas, narraron el método que, según denunciaron en la Justicia, utilizó Porcel para ganar la confianza de los adolescentes y sus padres. Con detalles escabrosos, contaron la dinámica de los encuentros en los que, dicen, Porcel instó a los chicos a tomar alcohol y a exhibir sus partes íntimas. También dieron detalles de los masajes que dicen que el empresario les hacía, que en ocasiones incluían manoseos de los genitales de los adolescentes. Por último, describieron los mecanismos utilizados por Porcel para mantener el secreto y el arduo proceso que les permitió a los chicos contar a sus padres lo que ocurría y tomar la decisión conjunta de radicar la denuncia en la Justicia.
No hubo dudas ni titubeos en la conversación. Los cinco chicos se mostraron firmes y elocuentes. Marcos, uno de ellos, admitió haber tenido un año difícil. “Nosotros no vimos a Marcos sonreír en todo 2025”, recuerda su madre con dolor. “Lo primero que lo hizo sonreír fue la nota de LA NACION”, agrega. Se refiere a la nota de Diego Cabot de fines de diciembre, cuando se destapó el caso. La madre fue algo más allá: “Nunca nos vamos a olvidar de esa mañana que apareció con el diario en la mano, sonreía y aplaudía”. Su hijo completó la idea: “Ahora, por una vez, nos sentimos empoderados, acompañados”.
No vimos a Marcos sonreír en todo 2025
Madre de uno de los chicos abusados
Esa tarde, las madres se conmovieron. El relato de los hijos, ahora con la secundaria a punto de terminar, las enfrentaba constantemente a los sentimientos de impotencia, remordimiento y culpa. Hubo varios momentos en los que las inundaron las lágrimas, especialmente cuando sus hijos entraban en los detalles de aquellos días. Siempre flotaba sobre la mesa una pregunta inquietante: ¿Podrían haber protegido mejor a sus hijos?
El origen de Yubi DubiEl primero de los encuentros Yubi Dubi fue en el departamento familiar de los Porcel, a mediados de 2022. Estaban dos de los hijos del empresario y cuatro amigos del colegio. Marcelo se sumó al grupo. “Cuando entramos y estaba él, fue raro, pero fue mucho más cómodo, porque nos proporcionaba todo, no teníamos riesgo de nada”, cuenta José.
El “todo” al que se refiere José es el alcohol y las recompensas en dinero que les ofrecía a cambio de algunas pruebas. Ya en esa primera reunión Porcel les proporcionó vodka, que servía en vasos de plástico rojo y mezclaba con alguna gaseosa, y los instaba a tomarlo. Cuentan los chicos que dejaba un fajo de dinero sobre la mesa y los seducía. “El que se toma un fondo blanco en 15 segundos cobra”, ofrecía. Porcel alentaba y proveía, pero no tomaba ni estaba en el centro de la reunión. Observaba. En ese primer encuentro se estableció “Yubi Dubi” como código de los encuentros clandestinos. El sobreentendido es que lo que allí ocurría no debía compartirse con los padres.
Éramos cinco chicos y él. La oficina estaba vacía
Nicolás, una de las víctimas de Porcel
Pronto se activó el segundo encuentro. Después de cenar, Porcel pasó a buscar por su casa a los chicos en su camioneta Chrysler y pararon en un kiosco de Santa Fe y Godoy Cruz para comprar alcohol y gaseosas. “Siempre que paso por ahí y veo el kiosco me acuerdo de todo”, detalla uno de los adolescentes. La juntada esta vez no fue en la casa de Porcel; fue en su oficina de Callao y Libertador. “Nos metimos en el ascensor con carpa como para que no nos vea el portero. Éramos cinco chicos y él. La oficina estaba vacía”, relata Nicolás.
El encuentro incluyó la ingesta de alcohol incentivada por dinero, pero también un elemento extra: “(Porcel) agarró un billete y dijo: ‘Hay 500 pesos para el que dé una vuelta en culo alrededor de la mesa’”, relata Nicolás. Era 2022, en la previa al Mundial de Qatar, y los chicos estaban intentando llenar el álbum. A $150 cada paquete, la oferta de Porcel alcanzaba para tres sobres. “Nosotros nos mirábamos, nos reíamos y, medio entonados, y lo hacíamos”, recuerda el adolescente.
El “padre copado”La clave que, según las denuncias, le permitió a Porcel abusar de varios menores amigos de sus hijos es que no sólo se insertaba en los grupos de adolescentes como proveedor de dinero y alcohol, sino que también lograba la confianza de los padres. Se mostraba cercano con los hijos y una solución cómoda para los padres. Era “el padre copado”, coinciden varias de las madres, el que siempre estaba disponible para llevar a los chicos, organizar planes o resolver problemas. “Era el que hacía cosas que ningún otro padre hacía”, recordó una de ellas. Esto incluía llevar a los chicos a partidos de fútbol en sedes lejanas los sábados a la mañana, o buscarlos tarde, luego de las juntadas. “Primero ganó nuestra confianza. Nosotros le abrimos la puerta”, dijo entre llantos otra de las madres.
Porcel fue un paciente orfebre a la hora de construir la confianza. Había padres que compartían cumpleaños, partidos de fútbol, viajes y reuniones con Porcel. El empresario invitaba y se ocupaba de todo: sacaba las entradas para el teatro y las reservas de mesa en los restaurantes. Varias veces cenaron en los restaurantes que tenía su hermano, un reconocido chef, creador del exitoso Chila.
Porcel ponía a disposición la infraestructura de una familia millonaria. El padre de Marcelo, Néstor, fue el creador del Banco de Liniers y de Argencard, un imperio financiero que se vendió en los años 90 por centenares de millones de dólares. Desde entonces, los tres hermanos comparten los negocios agropecuarios en Cañuelas y mantienen sus vidas comerciales separadas en otras áreas. Claudio es el CEO de Balanz; Andrés, chef y creador, entre otros, del ya cerrado Chila, y Marcelo está a cargo de los negocios agropecuarios de la familia, además de ser uno de los socios de la empresa que originalmente se quedó con la concesión del shopping Oh! Buenos Aires, ex Design, en el corazón de la Recoleta.
Junto a su departamento y su oficina, Porcel utilizaba su casa de verano en la Torre Le Parc, de Punta del Este, y su campo en Cañuelas. Esa fue la escenografía de poder y dinero que usaba para fomentar los encuentros con los menores amigos de sus hijos.
Fueron años en los que el empresario tejió un sistema de silencios, complicidades, miedos, amistad interesada y enorme influencia sobre las víctimas. Armó una red de protección a fuerza de una cuidada manipulación de los compañeros de colegio y de sus padres. Utilizó su abultada billetera y manipuló a menores que en ese tiempo tenían 13 años.
Otra de las víctimasMarcos, otra de las víctimas que habló con LA NACION, es más grande que José y Nicolás, no pertenece al grupo que hacía los encuentros “Yubi Dubi”, pero describe un sistema muy similar. A la 1 de la mañana del domingo 27 de marzo de 2022 —“Tengo una foto en mi celular, por eso me acuerdo de la fecha”, aclara— estaban en la casa de campo de los Porcel en Cañuelas luego de una fiesta en la que habían tomado alcohol. Los invitados ya se habían retirado y quedaron Marcos, otro amigo, Porcel y algunos de sus hijos. Comenzaron una partida de TEG —un juego de mesa— y alguien, Marcos no recuerda quién, propuso bajarse los pantalones para mostrar sus partes íntimas. Según Marcos, Porcel estaba presente. “A eso se lo llama pito lápiz”, dice Marcos que comentó Porcel ante la exhibición de uno de los chicos.
Marcos se sintió incómodo por la situación y reaccionó semanas más tarde, cuando sus padres le informaron que Porcel iba a estar por su casa en el country. Se asustó ante la posibilidad de volver a cruzarlo y le pidió a sus padres que nunca más se juntaran con él. Pese a que le preguntaron si le había pasado algo, Marcos no entró en detalles. “Conté cosas como el alcohol, que me había ofrecido masajes cuando era más chico y otros episodios, pero trataba de omitir las cosas que eran más dolorosas para mí, porque ni yo lo podía procesar en ese momento”, dice Marcos. “Nosotros no hicimos nada con esto que nos dijo. Con mucha vergüenza te lo digo”, se lamenta, conmovida, su madre.
Masajes en FlorenciaOtro de los episodios ocurrió durante un viaje a Florencia, en Italia, donde coincidieron la familia Porcel y la de Nicolás. La última noche se reunieron en una plaza y Porcel proveía tragos que compraba en un bar. La madre del menor pensaba que le convidaba Sprite a los chicos, pero era gin tonic.
Cuando se iban, Nicolás la convenció de que lo dejara pasar la última noche en la casa de Porcel, con su amigo, el hijo del empresario, pero ya en la caminata de vuelta sintió algo extraño. “Si vos, para ser millonario, te tenés que dejar tocar por un millonario, dejalo”, dice Nicolás que le dijo Porcel mientras caminaban retrasados. Según su relato, también le dijo que iba a ser su socio, que tenía que ser modelo de ropa interior de Calvin Klein y, además, probar sus masajes.
Me tiraba para atrás, pero estaba contra la pared y ya no sabía qué hacer
Nicolás, una de las víctimas de Porcel
Cuando ya estaba acostado en la habitación de uno de los hijos del empresario, Porcel entró y comenzó a masajearlo. Al verlo, su hijo se dio vuelta contra la pared. “No rompas las pelotas con los masajes papá; me quiero ir a dormir”, le dijo. Pero, siempre según el relato de Nicolás, Porcel continuó. Comenzó por los gemelos y subió por las piernas. Cuando introdujo su mano debajo de los calzoncillos, Nicolás se sintió muy incómodo. “Me tiraba para atrás, pero estaba contra la pared y ya no sabía qué hacer”, recuerda. Más tarde, cuando todo había terminado, quiso ir al baño, pero vio a Marcelo parado en la puerta del cuarto y desistió. Se asustó, pero no le dijo nada a sus padres.
La fiesta de CañuelasJosé tuvo una experiencia similar de masajes que derivaron en un manoseo de sus partes íntimas en el campo de Cañuelas, luego de un partido de fútbol. También se sintió incómodo, pero en el momento no les dijo nada a los padres. Sin embargo, pronto comenzó a insistir en que quería cambiarse de curso en el Palermo Chico para no compartir aula con el hijo del empresario. No daba argumentos y eso complicaba la gestión, pero su desgano asustó a su madre, que le pidió una razón sólida. Ahí fue donde José le terminó contando de las reuniones con alcohol que organizaba Porcel, pero aún no de los masajes.
Los rumores que comenzaban a circular en otros cursos del colegio, sin embargo, comenzaron a hacer dudar a la madre de José, que organizó varias reuniones con otras madres, y también con la de Nicolás. Consultado en la mesa familiar, Nicolás narró algunos episodios, pero no los más graves. Mientras levantaban los platos, sin embargo, Nicolás llamó aparte a su madre. “Mamá, ¿te puedo contar algo más?”, le preguntó. “Yo me imaginé todo, ya sabía qué me iba a decir”, confiesa la madre. Fue el inicio. El cerco de silencio alrededor de Porcel comenzó a desmoronarse.
A partir de ese momento, las madres empezaron a hablar. Organizaron reuniones entre ellas y cafés después de dejar a sus hijos en el colegio. De a poco, en medio del horror, empezaron a desandar el camino de sus hijos: primero el consumo inducido de alcohol y las recompensas por tomar más; luego, los juegos de paseos desnudos por dinero y, finalmente, los abusos físicos directos bajo la excusa de los masajes. Convencidos de la gravedad de la situación, los chicos y sus familias avanzaron con la denuncia judicial.