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Alberta: la provincia rica de Canadá con un creciente reclamo independentista que quedó en el medio de la pelea Carney-Trump

Hace más de un año que Donald Trump, fiel a su estilo disruptivo, insiste con una idea que para muchos suena delirante o forma parte de una simple chicana. Quiere convertir a Canadá en el “Est...

Alberta: la provincia rica de Canadá con un creciente reclamo independentista que quedó en el medio de la pelea Carney-Trump

Hace más de un año que Donald Trump, fiel a su estilo disruptivo, insiste con una idea que para muchos suena delirante o forma parte de una simple chicana. Quiere convertir a Canadá en el “Est...

Hace más de un año que Donald Trump, fiel a su estilo disruptivo, insiste con una idea que para muchos suena delirante o forma parte de una simple chicana. Quiere convertir a Canadá en el “Estado número 51″. Si bien la anexión de ese país vecino parece improbable, crece en esa nación otro debate, uno que fractura a los propios canadienses y que durante años fue interno, hasta que esta semana escaló al punto de forzar una reacción pública del primer ministro canadiense tras la presunta intervención de, una vez más, el presidente norteamericano.

Alberta, una rica provincia canadiense con enormes reservas de petróleo, está protagonizando un fenómeno parecido al Brexit que incomoda, cada día más, al gobierno central de Canadá: un movimiento separatista organizado, con estructura política, plazos legales y un objetivo concreto. No se trata de un deseo de convertirse en estadounidenses.

En Alberta, el impulso de los separatistas es dejar de ser canadienses y convertirse en un país soberano, un reclamo que hace décadas también lleva adelante el movimiento separatista de Quebec.

Allí, el independentismo dejó hace tiempo de ser una queja “folclórica” o una fantasía. Hoy hay grupos organizados que juntan firmas para forzar un referéndum formal de secesión.

Para entender por qué esta idea empezó a adquirir forma real, hay que escuchar a quienes la promueven y a quienes la antagonizan. Y pocas voces condensan mejor esa lógica que las de Dennis Modry -una de las figuras centrales detrás del Alberta Prosperity Project (APP)- y Thomas Lukaszuk, líder del movimiento “Forever Canadian”.

La herencia de un “saqueo” centenario

Médico cirujano de profesión, Modry dice que la historia de Alberta no comienza como una adhesión voluntaria a un proyecto común, sino como una imposición. El punto de quiebre, dice, está fechado con precisión: 1905.

“La gente que vivía en las regiones de Alberta y Saskatchewan el 1 de septiembre de 1905 no votó para unirse a Canadá. Fueron anexados”, afirma, en una entrevista con LA NACION desde su casa en Edmonton.

Para él, la Confederación canadiense no fue un pacto sino una absorción. La prueba, insiste, está en las palabras de quienes diseñaron el país.

Modry cita con frecuencia una declaración de 1904 de Sir Clifford Sifton, entonces ministro del Interior: “Deseamos que el gran comercio de las praderas del Oeste sirva para enriquecer a nuestra gente en el este, para levantar nuestras fábricas y lugares de trabajo”.

Para él, esa frase explica un siglo entero de relación desigual. “Durante 120 años hemos sido saqueados por nuestra riqueza”, denuncia, en alusión a la extracción de su petróleo.

Modry sostiene que Alberta transfirió cerca de un billón de dólares a Ottawa mediante fórmulas de ecualización y políticas fiscales que, según su visión, nunca regresaron. “No nos devolvieron ni un centavo de eso”, dice, y describe el sistema como “confiscatorio”, diseñado para drenar recursos del oeste hacia el este.

Petróleo, impuestos y estilo de vida

El conflicto, sin embargo, no se basa solamente en balances fiscales.

Alberta es el corazón energético de Canadá, y Modry describe una presión constante por parte del gobierno federal sobre esa industria. Menciona la prohibición de buques cisterna en la costa oeste —que limita la capacidad exportadora del crudo— y los impuestos al carbono.

“Cada año, Alberta entrega unos 75.000 millones de dólares a Ottawa y recibimos de vuelta unos 30.000 millones”, afirma. Añade que la provincia incluso sobrefinancia el sistema nacional de pensiones y el seguro de empleo.

Pero detrás del petróleo y los impuestos aparece algo más: la identidad. El dirigente separatista describe una brecha filosófica que considera irreconciliable entre el este y el oeste del país. “La cultura en Alberta cree que si cuidás los derechos individuales, cuidarás los derechos de la sociedad. Y en el resto del país hay gente que piensa que la formula es al revés, pero eso no funciona”, sostiene.

En su lectura, Ottawa encarna una visión colectivista que choca con el individualismo albertano. Lo llama sin rodeos una “agenda globalista”, orientada a “homogeneizar a todo el mundo”.

En esa lista de agravios, los derechos de propiedad ocupan un lugar central. “En Canadá no tenemos el derecho a poseer armas de fuego”, afirma, vinculando la cuestión de las armas con una defensa más amplia de la autonomía provincial.

De queja a proyecto político

Durante décadas, estas tensiones circularon como un malestar recurrente. La Política Energética Nacional impulsada por Pierre Trudeau en los años 80 fue uno de los momentos que consolidó el resentimiento del oeste. Pero el salto actual es distinto. El independentismo ya no es solo una “causa”.

Hoy, el grupo Stay Free Alberta —liderado por Mitch Sylvestre, CEO del APP— está en plena campaña para recolectar 177.732 firmas antes del 2 de mayo, el umbral legal necesario para forzar un referéndum oficial.

Ese impulso ganó una legitimidad inédita con la llegada al poder de la premier de Alberta -el equivalente a los gobernadores en la Argentina-, Danielle Smith. Su gobierno modificó la Ley de Iniciativa Ciudadana, y así redujo los requisitos para solicitar consultas populares.

Smith intentó mantener una posición ambigua, pero Modry asegura que el diálogo con su entorno es constante y que la presión interna del partido gobernante, el Partido Conservador Unido (UCP, por sus siglas en inglés). “Sería un suicidio político para el gobierno provincial no realizar el referéndum”, asegura.

El factor Trump

La retórica de Trump obliga a una aclaración constante. Aunque encuestas internas sugieren que hasta el 70% de los separatistas más convencidos estarían dispuestos a considerar una anexión a Estados Unidos, la conducción del movimiento busca despegarse de esa idea.

“Convertirse en parte de los Estados Unidos ni siquiera está sobre la mesa”, enfatiza Modry.

“¿Por qué saltaríamos de la Agencia de Ingresos de Canadá... al Servicio de Impuestos Internos (IRS) de los Estados Unidos?”, se pregunta. En su visión, una Alberta independiente sería más competitiva como país soberano que como estado estadounidense, capaz de reducir regulaciones y posicionarse como una de las jurisdicciones con menor carga impositiva del mundo.

Esa distancia formal respecto de Washington, sin embargo, convive con una realidad más ambigua. En los últimos meses, dirigentes del Alberta Prosperity Project mantuvieron reuniones discretas con funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos, según reveló esta semana Financial Times.

Según el diario británico, los encuentros, que se repitieron al menos tres veces en Washington, incluyeron consultas preliminares sobre la posibilidad de un respaldo financiero en caso de que un eventual referéndum independentista prosperara.

El tema escaló rápidamente y llegó hasta el primer ministro canadiense, Mark Carney, que se convirtió en un objetivo de Trump en las últimas semanas, sobre todo tras su fuerte discurso en Davos contra el republicano.

Acompañado por primeros ministros provinciales, Carney pidió este jueves que Estados Unidos “respete la soberanía canadiense”.

Ente sus acompañantes estaba la propia Danielle Smith, de Alberta, una conservadora que ha visitado a Trump en su residencia de Mar-a-Lago.

El malestar en Ottawa ya se había profundizado después de que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, describiera a Alberta como “un socio natural de Estados Unidos” y elogiara sus recursos energéticos y el espíritu “muy independiente” de sus habitantes.

Según el propio gobierno canadiense, el eventual referéndum por la independencia podría celebrarse en el otoño boreal de este año.

Modry, por su parte, rechaza la idea de que el independentismo sea un proyecto teledirigido desde el sur. “No está sobre la mesa”, afirma.

No obstante, su entusiasmo contrasta con los datos disponibles. Aunque asegura contar con “bien por encima de un millón de seguidores”, las encuestas exponen un escenario mucho más frágil.

Aproximadamente tres de cada diez albertanos dicen que votarían por la independencia en abstracto, según publicó el medio canadiense CBC. Pero cuando se les presentan consecuencias concretas (pérdida de pensiones, impacto económico, caída del nivel de vida) ese respaldo se reduce a la mitad.

Economistas como Trevor Tombe, profesor de economía en la Universidad de Calgary, van más allá y cuestionan la viabilidad financiera del proyecto. “Una Alberta separada sería una Alberta más pobre”, advierte.

Tombe define las promesas del APP como una “fantasía fiscal” y señala que eliminar impuestos abriría un agujero de 80.000 millones de dólares imposible de cerrar. Además, recuerda que Alberta es una nación sin litoral: sus exportaciones dependerían de oleoductos que atraviesan Canadá, otorgándole a Ottawa un poder de negociación significativo a través de peajes y regulaciones.

“Forever Canadian”, la oposición

La respuesta al independentismo también se organizó. El movimiento Forever Canadian, encabezado por el exmiembro de la Asamblea Legislativa de Alberta Thomas Lukaszuk reunió más de 404.000 firmas certificadas en una petición que exige que Alberta permanezca dentro de la confederación.

Para Lukaszuk, la secesión no es una emancipación sino un salto al vacío. La compara con experiencias que dejaron cicatrices profundas, como el Brexit o la fuga de empresas de Quebec en los años 70.

A ese diagnóstico económico suma un obstáculo legal de fondo: los tratados con las Primeras Naciones (los pueblos originarios), que, subraya, no pertenecen a una provincia en particular.

“Trascienden las fronteras provinciales”, explica, y advierte que Alberta no puede redefinir de manera unilateral derechos y obligaciones que hoy están siendo examinados por tribunales.

También cuestiona la viabilidad práctica de una separación. ¿Cómo funcionaría una economía sin acceso a puertos, ferrocarriles o infraestructura logística que hoy depende del Estado federal? “Todo eso es federal”, dice.

Mientras a nivel político crece la escalada entre Trump y Carney, incluso con amenazas de graves aranceles, en Alberta la pregunta ya no es si el independentismo existe como movimiento sino hasta dónde puede llegar. ¿Habrá un referéndum en octubre de 2026? Modry está convencido de que sí. Cree, además, que ganarán. Aunque las encuestas, por ahora, no lo acompañen.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/alberta-la-provincia-rica-de-canada-con-un-creciente-reclamo-independentista-que-quedo-en-el-medio-nid30012026/

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