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A los 15 empezó Medicina, cantó en el Colón, siguió su carrera en el exterior y vuelve al país con una idea clave: “La enfermera y la compasión”

A los 15 años ya estaba en la Facultad de Medicina. Julio Lautersztain, nacido en 1951, creció en Buenos Aires y a los 21 decidió irse con el título recién obtenido para continuar su formació...

A los 15 empezó Medicina, cantó en el Colón, siguió su carrera en el exterior y vuelve al país con una idea clave: “La enfermera y la compasión”

A los 15 años ya estaba en la Facultad de Medicina. Julio Lautersztain, nacido en 1951, creció en Buenos Aires y a los 21 decidió irse con el título recién obtenido para continuar su formació...

A los 15 años ya estaba en la Facultad de Medicina. Julio Lautersztain, nacido en 1951, creció en Buenos Aires y a los 21 decidió irse con el título recién obtenido para continuar su formación como médico en otro país. Mientras estaba en la secundaria, en el Colegio Bartolomé Mitre, se propuso acelerar sus estudios rindiendo materias libres y entró a la universidad siendo el más joven de su camada. Al mismo tiempo, su formación tenía una dimensión artística: cantaba en el coro de niños del Teatro Colón, bajo la dirección de Valdo Sciammarella, y ese encuentro temprano con la ópera le despertó el deseo de conocer Europa. Se recibió en 1973 y obtuvo su diploma en 1974.

Un diploma y un pasaje de avión

En ese momento, muchos jóvenes de su generación empezaban a irse ante la inminencia del golpe militar del 76. Julio fue uno de ellos. Evaluó distintas opciones: validó su título en la embajada de Alemania, la de Francia y la de Estados Unidos. Ya tenía una base de inglés de ICANA y un pasaje aéreo que le regaló su hermano terminó de definir la elección. Antes de instalarse, se dio un tiempo en Europa. Vivió en España y después en Francia. Consiguió trabajo en un hotel en Montparnasse como ayudante de conserje: “Me vistieron, me acicalaron y me pusieron detrás de la recepción”, recuerda. Hablaba varios idiomas, la comida del hotel era extraordinaria y había gente de todo el mundo entre el personal. Las propinas eran generosas y con esa plata salía a recorrer la ciudad con los amigos argentinos que pasaban a visitarlo. También alternaba con recorridas por hospitales como observador. Fue, dice, “una experiencia muy buena de camaradería”. Pero después de un año supo que era hora de retomar el rumbo. “Quería hacerlo, lo hice, me lo saqué de encima. En ese momento ya tenía que continuar mi carrera.”

Después de la bohemia

Volvió a Estados Unidos y el contraste fue brutal. El internship —un tipo de formación anterior a la residencia— lo sumergió en un ritmo que hoy califica de “condiciones casi inhumanas”: jornadas de 36 y hasta 44 horas seguidas, sin consideración por la vida personal. “Llegabas a tu casa, comías algo para alimentarte por nutrición y te ibas a dormir. Te despertabas, te bañabas y al día siguiente empezaba lo mismo”, recuerda. El choque no era solo físico. Era también cultural: pasar de lo que significa ser médico en Argentina —con todo el peso social del título— a ser, como él mismo lo describe, “casi un peón de la medicina”. En una guardia en la emergencia del Hospital Manhattan, uno de los más ocupados de Nueva York, se quedó dormido frente a un paciente. Fue el paciente quien lo despertó.

Había comenzado la residencia en cirugía pero con el tiempo decidió que no era su camino. Se orientó hacia la patología —anatomía patológica y clínica— en el hospital Albert Einstein de Nueva York y luego en Maryland, donde obtuvo certificaciones en ambas especialidades. Fue durante una rotación en terapia intensiva donde conoció a Ana, una enfermera chilena que también había emigrado. La directora de la unidad los presentó. “Mi señora dice que la miré como si fuera un ciudadano de segunda categoría”, cuenta entre risas, recordando las tensiones históricas entre argentinos y chilenos. Ella lo corrigió en el acto. Y él entendió que tenía que invitarla a salir. La relación sobrevivió la distancia —se carteaban mientras él volvía a Europa— y cuando regresó decidieron vivir juntos. Hoy llevan más de cuatro décadas compartidas, dos hijos adultos y cuatro nietos.

Volver a donde uno fue feliz

Ambos ya están jubilados y aunque siguen viviendo en Tampa aprovechan esta nueva etapa para todo lo que la carrera no les permitió: viajan por Chile y Argentina, tienen una casa en Pucón y un departamento en Recoleta. Pero, además, crearon una fundación sin fines de lucro que lleva sus nombres. Por estos días están en Buenos Aires, acompañados por una delegación de profesionales de la University of South Florida, para promover la enfermería de práctica avanzada: una formación de posgrado que habilita a estos profesionales a tratar patologías complejas, diagnosticar, prescribir medicamentos y gestionar casos clínicos, ampliando la capacidad del sistema para atender a más enfermos. Desde su lugar en la profesión tiene una mirada certera de las necesidades que rodean la atención de cada paciente.

- ¿Cuándo decidió ser médico?

- Desde muy temprano. En la secundaria ya tenía claro que quería estudiar medicina. Fui al Colegio Bartolomé Mitre y aceleré mis estudios rindiendo materias libres. Eso me permitió ingresar a la Facultad de Medicina a los 15 años. Fui el primero de mi familia en seguir esa carrera.

- ¿Por qué decidió emigrar?

- Me gradué en 1973 en la Universidad de Buenos Aires y en ese momento el país atravesaba una situación social y política muy difícil. Muchos colegas se estaban yendo. En mi caso, además, tenía una inquietud profesional muy fuerte: quería continuar mi formación en instituciones de mayor desarrollo, especialmente en cirugía. Conseguí una posición para hacer el internado en el Hospital Mount Sinai de Nueva York. Fue una decisión importante porque implicaba dejar a mi familia y empezar de cero.

- ¿Cómo fue la experiencia de formarse en el sistema de salud de Estados Unidos?

- Fue una de las etapas más exigentes de mi vida. En esa época los internos podíamos trabajar hasta 36 horas seguidas. La rutina era trabajar, volver a casa, comer y dormir. Hubo momentos de duda. Me pregunté si había tomado la decisión correcta. Pero también era una experiencia que te formaba a un nivel muy alto, tanto profesional como personal.

De conserje en París a oncólogo en Manhattan

- ¿Por qué decidió irse a Europa en ese momento?

- Había terminado el primer año de internado y sentí que necesitaba un respiro. Me había graduado muy joven y había pasado años estudiando sin parar. Me fui a París. Conseguí trabajar en un hotel en Montparnasse como ayudante de conserje, en parte porque hablaba varios idiomas. Era una vida completamente distinta: trabajaba, visitaba hospitales como observador y tenía más contacto con lo social. Fue una experiencia muy formativa.

- ¿Qué lo llevo a especializarse en oncología?

- Después de empezar en cirugía me di cuenta de que no era el camino que quería seguir. Me interesaban más las enfermedades tumorales y el estudio del cáncer. Hice formación en patología en el hospital Albert Einstein y luego en Johns Hopkins Hospital. Con el tiempo entendí que quería tener contacto directo con los pacientes, y eso me llevó a formarme en medicina interna y luego en oncología.

- Trabajó en “la meca” del tratamiento del cáncer, el MD Anderson. ¿Cómo fue esa experiencia?

- Es claro que estar en un lugar como el MD Anderson, que es una de las “mecas” del tratamiento oncológico, implica una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo la certeza de que la formación y la experiencia que uno adquiere allí es de primer nivel. La sensación que tuve al terminar mi entrenamiento era que no había prácticamente nada que no pudiera hacer dentro del campo de la oncología clínica. Esa fue una sensación muy positiva como cierre de una etapa formativa.

- ¿Hubo algún caso que lo haya marcado especialmente?

- En mi primera rotación, que además siempre es un momento difícil porque uno está comenzando en un entorno de alta exigencia, me tocó atender al hijo de un médico argentino. Era un paciente de unos 35 años con un tumor extremadamente raro, un coriocarcinoma, una enfermedad que habitualmente afecta a mujeres en relación con el embarazo, y que en este caso se presentaba en un hombre, lo cual es excepcional. Fue una experiencia emocionalmente muy difícil. El tratamiento que se le pudo ofrecer en ese momento —estamos hablando de los años 90— fue el mejor disponible, pero a pesar de ello el paciente falleció tras un curso muy agresivo de la enfermedad. Recuerdo que fue un momento en el que incluso llegué a preguntarme si realmente era lo que quería hacer.

- Sin embargo, continuó ...

- Sí, porque entendí que, también, hay experiencias muy positivas. Con los tratamientos más modernos, especialmente en el área de la oncología dirigida o targeted therapy, uno puede ver respuestas extraordinarias, donde tumores que dependen de una alteración genética específica, literalmente, se reducen de forma significativa en estudios de imagen, con una mejoría clínica muy importante del paciente. Esa es una de las experiencias más gratificantes para un oncólogo.

- ¿Cómo es hoy el acceso a segundas opiniones?

- En relación con el acceso a segundas opiniones o ensayos clínicos, hoy en día los centros oncológicos en Chile y Argentina trabajan a niveles muy altos. Además, la disponibilidad de información y la posibilidad de consultas virtuales facilitan mucho el acceso a segundas opiniones en centros de referencia.

Amor, trabajo y un nuevo proyecto

- ¿Cómo conoció a su esposa?

- La conocí durante una rotación en terapia intensiva en el Hospital Mount Sinai. Ella es enfermera y también había emigrado desde Chile. Mantuvimos la relación incluso cuando yo me fui a Europa, y cuando volví decidimos seguir juntos. Hoy llevamos más de 45 años casados.

- ¿Ella es enfermera?

- Ella se formó como enfermera de práctica avanzada en anestesia, en 1979, es un rol muy desarrollado en Estados Unidos. Ella puede pasarle una anestesia a un paciente, supervisada por el anestesista y con este sistema, el médico anestesista puede supervisar simultáneamente cuatro quirófanos.

- ¿Qué diferencia hace una enfermera de práctica avanzada en el tratamiento de un paciente oncológico?

- La enfermera de práctica avanzada establece una relación más estrecha con el paciente. El médico, sometido a un ritmo de consultas que a veces no le da más de diez minutos por paciente, tiene menos oportunidad para eso. La enfermera tiene el privilegio del tiempo. Y el tiempo en oncología es fundamental. Yo tuve pacientes que llegaban convencidos de que no querían tratarse, que no iban a aceptar la quimioterapia. Vos sabés que ese tratamiento los puede curar, se los explicás, pero están cerrados. Entonces le pedís a la enfermera que vaya a verlos. Ella se sienta, los escucha, les toma la mano, se toma el tiempo que la consulta médica no permite. Y el paciente termina aceptando el tratamiento. Eso pasó con casos de cáncer de mama que hoy están vivos. La enfermera de práctica avanzada no reemplaza al médico: lo complementa y hace mejor el tratamiento del paciente en su totalidad.

- ¿En qué aspectos mejora el vínculo con el paciente?

- Compasión. Que no es otra cosa que empatía con pasión. En oncología uno aprende a separar la parte emocional de la parte médica porque si no, no podés funcionar. El paciente viene a que le digas cómo lo vas a tratar, si lo vas a curar, cómo vas a avanzar. Tenés que estar objetivo. Pero la enfermera de práctica avanzada puede entregarse más a esa dimensión emocional sin resignar idoneidad clínica. Esa combinación es lo que hace tan valioso al rol.

- ¿Qué diferencias ve entre la carrera de un médico que trabaja en Estados Unidos y los médicos que hacen su carrera en Argentina?

- Hoy, con internet, inteligencia artificial y acceso a la información, ya no hay diferencia en ese aspecto como sí la había antes. Pero, a nivel de carrera, no cabe duda de que está más organizado en Estados Unidos. A pesar de los problemas del sistema de salud americano, desde el punto de vista personal del médico es una sociedad más estructurada, con caminos claros, lo que da tranquilidad. Se trabaja muy duro, pero hay previsibilidad. En Argentina, en cambio, quizás el médico tiene un poco más de vida personal, por una cuestión cultural. En Estados Unidos se vive para trabajar. Es cierto que la parte económica es mejor allá, pero no siempre hay tiempo para disfrutarla. Todo depende de las prioridades.

- ¿Qué es la enfermería de práctica avanzada y por qué piensa que se necesitan profesionales de esta especialidad en Argentina?

- Es un rol fundamental dentro del equipo de salud. En Estados Unidos está demostrado que las enfermeras de práctica avanzada pueden brindar atención de alta calidad bajo supervisión médica. Esto permite ampliar significativamente el acceso. Por ejemplo, un médico puede trabajar con dos o tres enfermeras de práctica avanzada y atender a muchos más pacientes. No se trata solo de costos, sino de capacidad del sistema para responder a la demanda.

Volver para vincular

- ¿Por qué decidió volver la mirada hacia la Argentina en esta etapa de su vida?

- Después de más de 30 años trabajando como oncólogo en Estados Unidos, me retiré de la práctica activa y empecé a pensar dónde podía generar un mayor impacto. Mi motivación es devolver. Yo me formé en la Universidad de Buenos Aires y estoy enormemente agradecido por lo que la Argentina me dio. Hoy estoy trabajando, junto con mi esposa, en una fundación para impulsar el desarrollo de la enfermería de práctica avanzada en América Latina.

Trajimos una delegación de la University of South Florida para generar acuerdos con universidades en Argentina y Chile. La idea es abrir una conversación, crear programas de formación e intercambio y, a largo plazo, contribuir a mejorar el acceso al cuidado de la salud.

- ¿En concreto qué oportunidades habrá de formación para los profesionales argentinos?

- Los médicos de instituciones como la Universidad Austral ya entienden perfectamente de qué se trata. El desafío no es convencerlos sino encontrar el marco regulatorio y legislativo que lo respalde, y que los colegios médicos comprendan que supervisar enfermeras de práctica avanzada es una manera de ofrecer mejor atención al paciente. Mientras tanto, no esperamos: los intercambios arrancan de inmediato. Los departamentos de enfermería ya están evaluando las currículas, analizando diferencias y definiendo cómo estructurar la formación. El camino está trazado.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/a-los-15-empezo-medicina-canto-en-el-colon-siguio-su-carrera-en-el-exterior-y-vuelve-al-pais-con-una-nid28042026/

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