A 3.500 metros de altura: Cuatro días de caminata entre cerros, sin wifi y durmiendo en pueblitos aislados
“Leeeejos queda Nazareno”. Así, estirando la e, el remisero que nos lleva de la terminal de colectivos al hostal, en Iruya, anticipa lo que nos espera. Enfatiza su expresión con la mano derec...
“Leeeejos queda Nazareno”. Así, estirando la e, el remisero que nos lleva de la terminal de colectivos al hostal, en Iruya, anticipa lo que nos espera. Enfatiza su expresión con la mano derecha, que quita del manubrio y hace subir y bajar en una clara muestra de que habrá cuestas. Con Belén, la fotógrafa, nos miramos. ¿Serán muy difíciles los próximos cuatro días de trekking y los 64 kilómetros entre Iruya y Nazareno? ¿Nos apunaremos caminando a 3.500 metros de altura?
Frente a la plaza principal de Iruya, Leo López, de Iruya Excursiones, pasa por el Hostal La Plaza, donde nos alojamos, para terminar de dar las indicaciones previas a arrancar la expedición. Vestirse “tipo cebolla” (en capas finas), llevar campera impermeable por si cae algún chaparrón, aprovisionarse de una vianda de marcha para almorzar, protector solar y dos litros de agua. Todo en una mochila mediana que llevaremos en la espalda; el resto va en los burros. Deja unas bolsas estancas anaranjadas para que pongamos el equipaje restante, que será liado a los animales. “Duerman bien; si superan el día de mañana, el resto lo hacen tranquilas”, asegura.
Día 1: de Iruya a ChiyayocFoto de rigor a las seis de la mañana frente al alojamiento, antes de arrancar a caminar: está semioscuro. Viajamos todo el día de ayer, no estamos del todo aclimatadas a la quebrada y a sus alturas –grave error−, pero sentimos confianza. Nos espera una gran aventura.
Después de un leve descenso hasta la quebrada del río Iruya, Leo saca de su bolsillo el lloque, un hilado que se utiliza en las comunidades andinas del norte para proteger a personas, animales e incluso viviendas. Este es de lana de oveja y está trenzado en dos colores −negro y blanco−, y al atarlo a nuestras muñecas lo usaremos como amuleto de protección contra energías dañinas. También se ofrendan a la Pachamama unas hojas de coca, pidiéndole permiso para entrar a su casa y que nos dé la fuerza y el disfrute necesarios para realizar la caminata. Lo hacemos sosteniendo las hojas con ambas manos: un gesto con sentido de totalidad con el que, según la cosmovisión andina, el cuerpo, la palabra y la energía se ponen al servicio del pedido. Una especie de reverencia a una fuerza mayor. Al juntar las manos y acercarlas a la boca, Leo sopla la intención antes de entregar las hojas a la Madre Tierra, haciendo un hueco en la tierra. Lo imitamos.
Comienza una cuesta pronunciada hacia Pantipampa, ubicada en la parte más alta. Iruya se sigue viendo a lo lejos, a pesar de que ya es media mañana. “Paso corto en las subidas, apoyando todo el talón, como en cámara lenta”, indica el guía. Las nubes bajas se entrelazan con los cerros. El suelo que pisamos es de un rojo intenso; las formaciones a nuestro alrededor también. Hay grises, verdes y marrones. La caminata por la planicie elevada que llaman Pantipampa −por las flores de panti que tapizan el lugar− es recta y tranquila. Pasamos junto a un rancho que, en vez de estar abierto como siempre, tuvo que cerrarse con cerco: los senderistas lo usaban como parada obligatoria. Su función es dar reparo a los pastores en verano, cuando los pastos de esta zona son más verdes.
En la abrita Colorada cruzamos a Ricardo, el carguero a quien apodan Tamalito. Lleva los dos burros con el equipaje y una mula de apoyo que podemos usar si el agotamiento nos vence. Me propongo hacerlo con mis propias piernas y con mi cabeza, porque cuando se camina en la montaña un “sí” puede valer tanto como un buen entrenamiento. “Vienen rápido”, dice. Ricardo quiere motivarnos, y lo logra, aunque no dejamos de tener en cuenta que él salió un par de horas después que nosotras y hace rato que está descansando en el abrita. Pronto nos enteraremos de que lo que los turistas hacen en muchas horas, quienes viven en estos parajes lo hacen en la mitad o incluso menos.
Bien lejos, sobre una quebrada entre la montaña y el valle, se detecta con claridad el Titiconte: los restos de una ciudad comercial o fortaleza precolombina que, según cuentan, incluye entre sus construcciones antiguas viviendas y zonas de almacenamiento, con terrazas, recintos circulares y cuadrados.
El almuerzo sucede junto a un arroyo bastante caudaloso, debajo de un gran alero de piedra que da sombra, tan buscada desde que la brisa se llevó las nubes y el sol del mediodía empezó a pegar. Las empanadas de pollo traídas desde Iruya y los sándwiches de queso, palta y mayonesa son un gran manjar en estas circunstancias. Dormimos profundamente durante media hora antes de seguir. Resulta demasiado: cuesta mucho retomar el ritmo postsiesta. Tomo nota mental de no relajarme tanto después de almorzar en los próximos días. Descansar, sí; dormir, no.
La senda continúa por increíbles desfiladeros angostos. A nuestras espaldas, la pared vertical; del otro lado, un precipicio y la profunda garganta de colores que atrapa la mirada. No se puede dejar de mirar. Caminamos concentrados, con paso seguro. Los lilas, verdes, azules, rosados y grises de la piedra suelta del sendero replican casi a la perfección los tonos del paisaje. Son los escenarios y los colores que venimos a buscar. Andamos por caminos ancestrales: se ven terrazas de cultivo abandonadas y ranchos de adobe que dejaron de ser habitados. Cuesta imaginar cómo alguien nacido acá, rodeado de cerros, puede dejar esta geografía, porque esto es como vivir dentro de un arcoíris.
El último tramo de la tarde implica mucho esfuerzo, con subidas y bajadas constantes. Nos agitamos y hay momentos en que a las piernas les cuesta responder. El oxígeno escasea a estas alturas y la cabeza empieza a latir. Nos ilusionamos cuando aparecen los primeros ranchos aislados de Chiyayoc, pero están todavía a una hora de marcha, así que hay que seguir andando. Para llegar aún hay que subir, pasar la escuela y todas esas casas que parecen cerca, pero están lejos. Falta como una hora y media justo cuando el cuerpo dice basta y la charla se apaga.
Arriba, en su casa, nos espera doña Paula con su simpatía, unas gloriosas tortas fritas y una buena ducha de agua caliente. Diecisiete kilómetros y 11 horas de caminata después, también a ella la vinimos a buscar. Porque parte del atractivo de este viaje es conocer el entramado de parajes andinos y a su gente, donde perduran modos tradicionales de vida ligados a la montaña y a la adaptación a un entorno agreste.
Para doña Paula somos “los turistas”. “Llegaron los turistas”, dice. Turista convencional no: senderista, a toda honra, pienso. Cuando el cansancio amaine, charlaremos como viejas amigas. “¿Usted es la famosa doña Paula?”, le preguntan los caminantes. “Por conocerla llegamos hasta acá, con la lengua afuera”, le dicen. Ella ríe a carcajadas debajo de su sombrero de ala ancha y sus aros de argollas se sacuden.
Paula Meneses derrocha carisma y energía. De Chiyayoc −donde viven unas 35 personas y sólo diez familias, aunque alguna vez fueron más− sale poco. “Muy poco”, asegura. Hace años que recibe gente: vienen de Buenos Aires, de Córdoba, de Neuquén, de Corrientes y también algunos extranjeros. Hoy la ayudan Leonardo, su marido, y Araceli, una nieta que vino de Iruya de visita. Cuando los caminantes siguen viaje, Paula sube a los cerros. Lo hace todas las mañanas. Pastorear cabras es parte de su rutina. Tiene como cien; las conoce por sus nombres y, cuando una falta, la extraña. Si necesita provisiones, trepa durante una hora hasta donde llega el camino. La vemos al día siguiente, al filo de la montaña, donde hay reunión de burros que llevan a los parajes cercanos los víveres que llegan desde Jujuy en camioneta una vez por semana.
Día 2: hacia Rodeo ColoradoCuesta irse de este hogar. Nos espera otro día de caminata dura y de paisajes espléndidos. Medimos mejor lo que cargamos en la espalda; si no es estrictamente necesario, queda entre el equipaje que lleva el carguero. Mejor eliminar los “por si acaso”. Cinco capas, no; sólo tres. Aunque puede cambiar, el día pinta demasiado soleado. Snacks, sólo los que consumiremos; mucha agua, la suficiente hasta la próxima vertiente o río para recargar las botellas térmicas. Sabemos que por acá al agua no abunda. Pobre Belén, pienso: ella suma como cuatro kilos más con su equipo fotográfico. Tiene excelente estado físico y predisposición mental; qué buena compañera de viaje me tocó.
En el Abra Colorada –o de Chiyayoc– se llega a los 3.500 metros de altura, el punto más alto de la travesía. En la apacheta, ubicada en el filo del paso, pedimos dejar el cansancio atrás y, al depositar una piedra, compartimos nuestras preocupaciones como gesto de respeto y agradecimiento. Luego, mientras exploramos a pie las dimensiones del paisaje, descendemos por un sendero multicolor hasta el pequeño pueblo de Rodio. Vemos potreros a su alrededor, inclinados con la pendiente. No hay una sombra donde frenar a almorzar los tamales de charqui, papa y maíz que Leo compró a una señora del poblado. Son grandes y deliciosos, y los comemos bajo el rayo del sol en el paraje La Loma.
Seguimos por un camino que trepa y traza sinuosidades. Unos cóndores planean y, en el video que hago, se distingue el collar blanco del cuello y hasta las plumas que parecen dedos en el extremo de las alas. Leo nos entretiene con historias de la montaña; cuenta acerca de su infancia y juventud para que sostengamos el paso y nos distraigamos, porque a medida que avanza el día caminamos con más cansancio. El coqueo –sostener apretadas en la parte alta de la mandíbula unas hojas de coca− pasa a ser una necesidad del organismo en los tramos de subida. No es invento: ayuda, quita el cansancio, da energías y da una gran mano en la altura.
Cuando, después de una última subida pronunciada desde el río Peras, se alcanza Rodeo Colorado, habremos caminado ese día nueve horas y unos 15 kilómetros. En el hospedaje familiar Rodeo Colorado nos recibe la familia de Marcos Velázquez: su hija Marina atiende a los huéspedes y Marcos hace lo suyo con el almacén que está pegado. Manuel es el tío que vino de Salta por varios días, al igual que Nora, su hija, que vive en la capital. Se reúnen por el Día de Todos los Santos –o de los Difuntos–, ya que el fin de semana es 2 de noviembre.
Toda la familia, incluidos los chicos, que son los más entusiastas, está dedicada a la organización de lo que para ellos es una fiesta. Cada año preparan las ofrendas: panes con formas de animales, botellas de vino, palomitas de la paz y réplicas a escala de escaleras, junto a la comida favorita de los difuntos, para que bajen del cielo y compartan la mesa. “Ese día ellos vienen a visitarnos y comen todo lo que nosotros les ofrecemos”, cuenta Nora. “El sábado ponemos la mesa y el domingo se alza con toda la comunidad: nos dividimos en grupos y vamos levantando la comida por todas las casas, y todo se comparte. Si hay un pote de dulce de leche, cada uno una cucharada; una lata de atún se reparte, y así con todo. Es muy lindo”, termina.
Día 3: destino Cuesta AzulSe siente bien hacer un tramo en camioneta esta mañana. Si no fuera así, sería complicado cubrir los 20 kilómetros de hoy en un solo día hasta Cuesta Azul, así que Marcos nos ahorra una buena distancia en su vehículo hasta el Abra del Sauce. Quedamos a la vera del camino vehicular a las siete y media de la mañana; nuestra sombra es bien larga. Hoy predominarán los descensos y los antigales en el camino. “Imaginen lo que habrán sido estos cerros llenos de vida hace siglos, con gente trabajando”, comenta el guía. Un antigal es un sitio arqueológico prehispánico con restos materiales de antiguos asentamientos indígenas: generalmente enterramientos, estructuras de piedra y vestigios de ocupación. A la vista, sobre las laderas de los cerros, lo más evidente es la cantidad de terrazas agrícolas abandonadas.
Durante la mañana alternamos caminando por el camino vehicular, faldeos, senderos y bajadas. Me distraigo fotografiando detalles en buena parte del recorrido: líquenes, piedras, grietas, cactus. El río Bocaya, que separa los departamentos de Iruya y Nazareno, es un hilo finito dentro de un cauce ancho de río seco, que tendrá unos 200 metros de lado a lado. Pasamos por El Molino, un caserío con puesto de salud, iglesia, escuela y poquísimos habitantes. Como sucede con otras comunidades, la zona de despobló cuando muchos empezaron a bajar para trabajar en los ingenios azucareros del este tropical.
Almorzamos la tortilla de quinoa que preparó Marina en el hospedaje, bajo un sauce al borde del río Nazareno. Viene bien desensillar la carga de la espalda y sacarse por un rato la mochila. Por puro hábito chequeo el celular: como en las jornadas anteriores, estamos fuera del área de cobertura la mayor parte del día. Sólo de noche hay señal de wifi. Eso también es parte de lo que venimos a buscar.
Nos creemos solos en medio de esta inmensidad. De repente, se escucha a alguien que arrea vacas en el cerro de enfrente. No lo vemos, pero lo escuchamos. Lejos, y con andar rápido, un lugareño camina hacia la moto que tiene estacionada junto al camino. Lleva una campera roja y será la única persona que veremos durante toda la tarde, hasta llegar a Cuesta Azul, ubicada arriba de una larguísima cuesta.
El hostal de Rosita no tiene nombre aún: es simplemente Lo de Rosita. En Cuesta Azul también son pocos y todos se conocen. Rosa y su mamá, Dionisia, manejan el hospedaje que abrieron hace un par de años, después de otros tantos de servir almuerzos. Tienen comedor, dos cuartos muy cómodos y un patio interno soleado repleto de macetas, y están ampliando la casa porque allí es donde vive la familia. Rosita cuenta que su hijito, Tiziano, cantó una copla (“Soy un colla chiquitito”) que se viralizó en Instagram. No puede más del orgullo y lo muestra en su celular. Después, le pide que la cante en el comedor, cuando terminamos de cenar el sabroso guiso de lentejas y el típico anchi de postre.
Día 4: final en NazarenoCuando sea el mediodía habremos llegado a Nazareno, después de andar los 64 kilómetros que unen esta localidad con Iruya por un tramo precioso de la Cordillera Oriental de Santa Victoria. El último día resulta liviano: son sólo diez kilómetros, casi todos en descenso, por un camino vehicular. Esto ayuda a terminar de incorporar la experiencia con el cuerpo menos cansado. Nazareno es el pueblo de mayor envergadura: con casi 2.500 habitantes en época escolar, tiene menos casas de adobe y más construcciones de chapa. Allí nos espera doña Mary y su comedor, donde se sirve un almuerzo opíparo de milanesas con huevo y papas fritas, sopa y gelatina. Una camioneta nos lleva luego hasta Yavi, donde descansaremos una noche para reponer energías.
“Subimos como viejos para llegar como jóvenes”, había declarado Leo el primer día, cuando arrancamos a caminar. Ir a paso lento y continuo, dejar de lado la ansiedad y llegar frescos como jóvenes. Felices y portadores de una gran satisfacción, agregaría yo. “Sale trekking Tilcara-Calilegua el próximo año”, fantaseamos, agrandados los tres, en el abrazo de despedida.
Para saber más: una tradición andinaLas apachetas suelen ubicarse en el filo de las abras. Son altares de montaña donde se aprovecha el paso para pedir y agradecer. Estos montículos de piedra, construidos intencionalmente, marcan lugares importantes del camino, como cumbres, pasos de altura o puntos considerados energéticamente fuertes. Allí se dejan piedras, hojas de coca, alcohol, tabaco o pequeños objetos.
Cumplen varias funciones: sirven para agradecer y pedir a la Pachamama y a los apus –los espíritus de los cerros–, marcan rutas antiguas y actúan como puntos donde el viajero equilibra su energía. Al colocar una piedra, se busca aliviar la carga del camino, dejar parte del cansancio o simplemente manifestar respeto por el lugar.
Datos útilesIruya Excursiones Leo López. T: (388) 547-5076. iruyaexcursiones@gmail.com El trekking se realiza desde fines de marzo hasta fines de octubre. Incluye servicio completo en cada uno de los alojamientos, guía habilitado, asistente (según la cantidad de personas), viandas de marcha, porteo de equipaje, montura de resguardo y traslado de Nazareno a La Quiaca. Cuenta además con comunicación interna por radio y comunicación satelital. Las salidas son programadas y requieren conformar grupo. Por persona: $680.000.Transporte Iruya T: (388) 488-6552. Realiza el recorrido entre Humahuaca e Iruya en tres horarios diarios: 8.20, 10.30 y 16. El regreso desde Iruya es a las 6, 13 y 15.15. El viaje demora aproximadamente tres horas. Tarifa: $8.000 por tramo o $15.000 ida y vuelta. Hostal La Plaza T: (387) 542-8788/450-8866. iruyahostallaplaza@gmail.com Emprendimiento familiar que nació en 2020 en la casa de los abuelos de la iruyense Dora Bustamante, frente a la plaza central. Hoy funciona allí un cómodo y prolijo hostal, gestionado por Dora junto a su marido y sus hijas. Cuenta con cinco impecables habitaciones con baño privado: dos dobles con cama matrimonial, dos triples y una cuádruple, ideal para familias. Tiene comedor donde se sirve el desayuno y una terraza panorámica desde la que se aprecian los cerros circundantes. Ofrece wifi, TV, juegos de toallas y ropa de cama blanca. Se destacan la amabilidad y calidez de la familia −que se reparte las tareas del hostal− y la limpieza del lugar. Habitación doble con desayuno: $70.000.